XRP cotiza a 1,077 dólares. Un 70,5% por debajo del máximo histórico de 3,65 dólares que marcó en julio del año pasado y un 65,9% por debajo de donde estaba hace justo doce meses. Con esas cifras encima de la mesa, la pregunta que se hace todo el mundo no es si el proyecto avanza —avanza—, sino cuándo deja de sangrar el precio. Vamos por partes, con los datos delante.
Dónde está XRP hoy
La foto actual es de estancamiento, no de desplome: el token apenas se mueve en la última jornada, cede un 3,2% en la semana y, en cambio, sube un 3,5% en el último mes. Mantiene la sexta posición por capitalización, con 67.347 millones de dólares, y un volumen diario que sigue rondando los 1.000 millones, cifra que lo mantiene entre los activos más líquidos del mercado.
Hay un dato estructural que conviene tener presente en cualquier proyección: circulan 62.533 millones de tokens sobre un máximo de 100.000 millones. Es decir, todavía quedan cerca de 37.500 millones por entrar en el mercado, en su mayoría bajo el sistema de bloqueo programado. Esa oferta pendiente es un lastre que ningún análisis serio puede ignorar.
El conflicto de Oriente Medio: el factor que nadie controla
Aquí toca ser claro, porque hay mucha confusión: el conflicto no está resuelto. El alto el fuego se dio por terminado el 8 de julio y desde entonces la escalada ha sido continua. Estados Unidos ha atacado alrededor de noventa objetivos en la costa iraní, la Guardia Revolucionaria ha respondido bombardeando bases estadounidenses en Kuwait, Baréin y Catar, y el tránsito por el estrecho de Ormuz —por donde pasa buena parte del petróleo mundial— ha vuelto a caer con fuerza. Omán ha abierto una vía diplomática, pero de momento es una iniciativa, no un acuerdo.
El efecto sobre el mercado es doble y ambos lados juegan en contra de XRP a corto plazo. Primero, el petróleo caro alimenta la inflación —los beneficios trimestrales de las grandes petroleras lo reflejan sin disimulo— y la inflación es justo lo que impide que bajen los tipos. Segundo, la incertidumbre bélica empuja al capital hacia lo seguro, y en episodios así el dinero no se refugia en criptomonedas: se va al dólar y al oro. El bitcoin lo ha demostrado en cada susto de estos meses, y las altcoins amplifican ese movimiento.
Trump, la Fed y una puerta que sigue cerrada
El giro regulatorio favorable que tanto se celebró está tardando en materializarse. La Clarity Act, la ley que definiría de una vez qué criptomonedas son valores y cuáles materias primas —el asunto que marcó la vida de XRP durante años—, sigue atascada en el Senado por una disputa sobre su cláusula ética. Sin ese marco, la gran entrada de capital institucional que muchos esperan se queda a medias.
Y la política monetaria tampoco ayuda. La Reserva Federal acaba de mantener los tipos en el 3,50%-3,75% por quinta reunión consecutiva, pero con un detalle que pasó desapercibido y que importa mucho: el voto salió 9 a 3, y los tres disidentes no pedían bajar los tipos, sino subirlos. Mientras tanto, el bono estadounidense a treinta años roza el 5,21%, su nivel más alto desde 2007. Con la deuda pública pagando eso sin riesgo, el dinero que financiaba las subidas parabólicas del cripto tiene alternativas cómodas.
Lo que sí está funcionando
Sería injusto quedarse solo en lo malo, porque en paralelo el ecosistema de Ripple ha tenido uno de sus trimestres más sólidos:
- Los ETF de XRP acumulan cerca de 1.470 millones de dólares en entradas netas, con ocho semanas consecutivas en positivo. El ritmo se ha enfriado en las últimas sesiones, pero el saldo estructural sigue siendo de entrada, no de salida.
- Aviva, gestora con unos 345.000 millones de dólares bajo administración, ha lanzado un fondo tokenizado sobre el XRP Ledger. Es exactamente el tipo de adopción institucional que el proyecto lleva años persiguiendo.
- Hong Kong ha abierto el trading minorista regulado del token a través de OSL, ampliando el acceso en Asia.
- Ripple Mint, la plataforma para que las instituciones emitan y gestionen activos digitales, ya está en marcha.
Traducido: los fundamentales van hacia arriba mientras el precio va de lado. Esa divergencia es incómoda, pero es la norma en las fases finales de un mercado bajista, no la excepción.
La pregunta del millón: ¿cuándo acaba el mercado bajista?
Nadie puede dar una fecha con certeza, y quien la dé está vendiendo algo. Lo que sí existe es un patrón histórico bastante consistente que merece la pena mirar con números concretos.
En los dos ciclos anteriores, el suelo llegó aproximadamente doce meses después del máximo:
- Máximo en diciembre de 2017 → suelo en diciembre de 2018. Unos doce meses.
- Máximo en noviembre de 2021 → suelo en noviembre de 2022. Otros doce meses.
El máximo de este ciclo lo marcó el bitcoin el 6 de octubre de 2025, en 126.080 dólares. Hoy, 31 de julio de 2026, han pasado nueve meses y tres semanas, y el bitcoin cotiza un 49,3% por debajo de aquel techo. Si el patrón se repitiese, la ventana de suelo caería entre octubre de 2026 y enero de 2027.
Hay una segunda señal que apunta en la misma dirección: el Índice de Miedo y Codicia está en 25 sobre 100, zona de miedo extremo. Históricamente, los suelos se forman precisamente cuando ese indicador lleva tiempo hundido y la mayoría ha dejado de mirar el mercado, no cuando hay euforia.
Ahora la advertencia obligada, porque importa: dos ciclos no son una muestra estadística. Y este tiene ingredientes que los anteriores no tenían —una guerra abierta con impacto energético, unos tipos que podrían incluso subir y un mercado institucionalizado vía ETF que puede alargar o acortar las fases—. El patrón es una referencia razonable para gestionar expectativas, no un calendario.
Escenarios de precio para los próximos años
Con la advertencia anterior por delante, la forma honesta de proyectar no es lanzar una cifra, sino calcular qué capitalización exigiría cada nivel y comprobar si es plausible. Con los 62.533 millones de tokens en circulación actuales:
- 2 dólares → capitalización de unos 125.000 millones. Supondría casi doblar desde aquí; es el orden de magnitud que XRP ya ha tenido en el pasado reciente. Es el escenario menos exigente.
- 3,65 dólares (volver al máximo histórico) → alrededor de 228.000 millones. Requiere recuperar el nivel de un pico de euforia, algo que suele ocurrir en la fase alcista siguiente, no antes.
- 5 dólares → unos 313.000 millones. Implicaría superar con holgura su récord anterior y exigiría un ciclo alcista completo más adopción real.
- 10 dólares → cerca de 625.000 millones. Para dimensionarlo: eso equivale a más de una cuarta parte de todo el mercado cripto actual, que ronda los 2,27 billones. No es imposible en un mercado mucho mayor, pero exige un contexto radicalmente distinto al de hoy.
Y el factor que rara vez aparece en los vídeos de predicciones: esos 37.500 millones de tokens pendientes de entrar en circulación. A medida que la oferta crece, cada nivel de precio requiere más dinero nuevo para sostenerse. Cualquier objetivo a varios años debe descontar esa dilución.
Qué vigilar en los próximos meses
- El estrecho de Ormuz y la vía diplomática de Omán. Un acuerdo real bajaría el petróleo, aliviaría la inflación y desbloquearía el argumento para recortar tipos. Es el catalizador macro más potente que hay sobre la mesa.
- La Clarity Act. Su aprobación es el interruptor regulatorio que más afecta directamente a XRP.
- Los flujos de los ETF. Mientras sigan en positivo hay un suelo estructural de demanda; si se giran a negativo de forma sostenida, es la señal de alarma.
- El miedo extremo prolongado. Suena contraintuitivo, pero es el terreno donde se forman los suelos.
- La adopción del XRP Ledger. Fondos tokenizados como el de Aviva y volumen real de liquidación: es lo que sostiene el precio cuando el ciclo gira.
El resumen sin adornos: XRP está atrapado entre unos fundamentales que mejoran y un contexto macro y geopolítico que los anula. El patrón de los dos ciclos anteriores sitúa el suelo en el entorno del último trimestre de 2026, con el miedo extremo actual encajando en esa lectura. Pero un patrón no es una promesa, y este ciclo tiene una guerra por medio. Lo sensato es vigilar los datos —Ormuz, la Clarity Act, los flujos— antes que las fechas.